Compartiendo un “mágico” viaje a Perú

HERNÁN GÁLVEZ    

hernan.galvez@lamegamedia.com 

LIMA, Perú    Visitar Lima, la capital, es un poco el Perú todo. No es un cariño al ego del costeño: es una realista descripción del paisaje. Algo que se siente y se ve.

Todo el Perú se manifiesta en la Ciudad de los Reyes, cultural, emocional, y étnicamente, a través de un paseo gastronómico.

El misterio de la selva urde sus compases dentro de ese cantito amazónico primo lejano del portugués, debido a su cercanía con los vecinos brasileños: un restaurant en el centro nos da la bienvenida con historias de anacondas gigantes y viajes introspectivos a través de la milenaria “Ayahuasca”.

El Pisco Sour, trago peruano de bandera, originario en la Costa, en sus dos presentaciones más populares; tradicional y maracuyá. (La Mega Nota/Hernán Gálvez)

Y es que si pensaban que las universales sirenas sólo nadaban en aguas saladas, se equivocan.

La mesera –he ordenado el popular “Juane”, un enrollado gigantesco de arroz con pollo con especias selváticas–  asegura con tanta vehemencia la existencia de esa melancólica criatura mitad pez, mitad humano habitante del río Amazonas, que no queda más que creerle.

Al menos mientras dura el almuerzo –y animado por el exquisito trago bautizado “Chuchuhuasi”.

Según ella, un primo terminó en estado de locura feliz –enamorado, pues– luego de escuchar el cántico dulce de esta dama con escamas, que desapareció una vez sembrado el hechizo.

Me despido alucinando veladas mágicas con la versión peruana de la sirenita de Disney, para, a solo dos cuadras, ahora adentrarme en historias de ladrones de grasa humana y dioses protectores de incas: la Sierra, con un gran cuadro de nuestra Maravilla del Mundo, Machu Picchu, como telón.

La dieta continúa rompiéndose: una Pachamanca, por favor, cocción subterránea de carne, cerdo, pescado, pollo, yuca, papa, habas, y camote. Y lo de subterránea es literal: se cocina debajo de la tierra, entre el calor de piedras o ladrillos ardientes y especias serranas, de un día para el otro.

Mientras degusto este manjar tan bueno como milenario –algunas versiones le dan hasta 18,000 años de antigüedad– escucho al cocinero contar que los Apus, deidades paganas que vigilan las montañas andinas, protegen su sazón, la misma que no comparten, según el mismo relato, los Pishtacos, seres mitológicos moradores de eses mismos andes que se nutren, más bien, de grasa humana.

Al igual que la historia de la sirena, la convicción del narrador es tal que es mejor asentir –y pedir una Chicha de Jora, bebida que en sus tiempos era servida a los reyes incas en un tazón de oro.   

Termino el trayecto, rozando ya la madrugada –costumbre costeñísima, además: “la del estribo”, le dicen– encontrando sin esfuerzo un barcito abierto, al son de valses y boleros, himnos nacionales del criollismo, con olor a mar: unos Choritos a la Chalaca, por favor, y de tomar, ni pregunten, que mi sangre está ahora para el Pisco Sour.

Aquí no necesito, sin falsa humildad, que me cuenten tanto, más que yo mismo contar, como buen costeño.

En Lima está la Plaza de Armas, bendecida por La Catedral, hermosa iglesia que guarda los restos del conquistador Francisco Pizarro. Pero también puedo viajar imaginariamente hasta las Líneas de Nazca con una caliente Humita de Choclo (maíz peruano) Tierno, famoso en las tierras del Antiguo Perú.

Se termina el viaje, pero el Perú no se termina en este recorrido. Sus comidas, tradiciones y costumbres se mueven tanto, dependiendo de quién las cuente, como este mar de Barranco donde termino de escribir esta crónica.

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